
Por: Darío Arias Torres
Las vacas gordas siempre son ruidosas, llegan anunciadas por titulares con cifras récord y discursos optimistas que prometen estabilidad y desarrollo duradero. Por el contrario, las vacas flacas son menos notorias, a veces pasan desapercibidas, pero sin duda son más dolorosas. En el Sistema General de Regalías (SGR), el Fondo de Ahorro y Estabilización nació, en parte, para lidiar con ese vaivén de los ingresos derivados de la explotación de recursos naturales no renovables, que son, por definición, volátiles y finitos; aceptando, sin eufemismos, que cada peso que entra hoy por regalías es un peso que no entrará mañana por la misma vía.
Desde su diseño, el sistema incorporó una idea tan sencilla y responsable, como antigua y efectiva: ahorrar en épocas de bonanza para desahorrar en épocas de escasez. Esa regla, que es tan vieja como la humanidad, pero a la que los economistas modernos hemos llamado “política anticíclica”, significa, en el caso de las regalías, una forma de ganar tiempo para planear, para invertir con criterio, pero especialmente para prepararse para un futuro cierto, en el que esos ingresos ya no estarán.
Porque las regalías, a diferencia de otros ingresos públicos, no provienen de una base renovable, ni dependen del crecimiento de la economía local o de un esfuerzo tributario del Estado. Las regalías dependen de la producción que sale del subsuelo y del comportamiento de los mercados internacionales en los que Colombia tiene poca influencia.
En este orden de ideas, ahorrar regalías no es solo “guardar plata”, es administrar una renta que se extingue y, por lo tanto, exige pensar en quienes vendrán después de que las vacas ya no estén. Porque, como dicen el refrán “no hay chorro que no termine en gota”, tarde o temprano la producción o el precio internacional comenzará a caer y con ellos el recaudo y los ingresos corrientes del sistema. Por ello el desahorro no es una renuncia a la prudencia, ni una confesión de fracaso. El desahorro en el SGR es parte del diseño, está regulado, condicionado y pensado para escenarios específicos en los que la realidad deja de parecerse a las proyecciones.
Así que la pregunta central no es si se debe o no desahorrar, porque eso ya lo define el marco normativo vigente; la pregunta clave es cómo y con qué propósito hacerlo. Advirtiendo que usar el desahorro únicamente para mantener intacto un modelo productivo que depende de la extracción de recursos naturales no renovables es, en el mejor de los casos, una postergación y en el peor, una ilusión costosa.
Se debe pensar en un “desahorro inteligente” que no busque alargar la vida de una vaca flaca, sino reducir la dependencia de ella. En el contexto de la transición energética, el ahorro acumulado en tiempos de bonanza extractiva adquiere un nuevo sentido: se convierte en el capital que permite financiar la salida ordenada de ese modelo. No para apagar incendios fiscales, sino para construir alternativas.
Esto significa diversificar las economías territoriales, fortalecer capacidades productivas distintas a la extracción, invertir en infraestructuras que soporten nuevas formas de desarrollo y acompañar la transición laboral y social en regiones históricamente dependientes de la explotación del subsuelo.
La transición energética no es un eslogan ni una moda. Es un proceso que redefine las fuentes de ingresos, que ya impacta en las decisiones fiscales y que se empieza a sentir en los territorios. Se debe ser consciente que el SGR no puede detenerla, pero sí puede ayudar a que no nos encuentre improvisando. Es claro entonces que si los recursos del FAE no se orientan estratégicamente hacia procesos de diversificación productiva y transformación estructural, sino que se utilizan de manera predominante como instrumento de estabilización fiscal y de suavización del ciclo de ingresos, el efecto previsible será un aumento de la dependencia de las regalías, en lugar de su reducción.
En este orden de ideas, resulta pertinente preguntarse ¿cuál ha sido la orientación de los recursos de regalías desembolsados a través del FAE desde su creación, en el año 2012, hasta la fecha?, tanto de aquellos provenientes de desahorros o excesos de ahorro (superiores a $4,4 billones), como de los derivados de los préstamos auto-otorgados por Gobierno Nacional (US$ 2.994 millones), ¿han contribuido a reducir la dependencia estructural de las regalías o, por el contrario, ha servido para sostenerla en el tiempo?
Ahorrar en las vacas gordas y desahorrar en las flacas es una gran idea, pero solo tiene sentido si el objetivo final es que, algún día, dejemos de depender de ellas. Porque la verdadera responsabilidad fiscal no está en guardar las regalías indefinidamente, ni en gastarlas sin rumbo, sino en saber cuándo y cómo usarlas para no tener que volver a esperar el próximo milagro del subsuelo.














